miércoles, enero 17, 2007



Para mi Maestra Mª Manuela G.P.
Un beso
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¿Una educación sin autoridad ni sanción?

El 7 de diciembre de 2004 se presentó a los medios de comunicación el segundo informe PISA de la OCDE. Como su antecesor, este segundo informe mide lo que saben los alumnos de quince años de más de cuarenta países, entre ellos España. No estamos entre los primeros, aunque tampoco entre los últimos. En matemáticas, nuestros chicos han sacado 480 puntos, cuando la media es 500. No obstante lo cual la prensa titula que estamos a la cola de Europa y el mundo de la educación reacciona con gran alarma: otro dato que confirma la crisis de nuestro sistema educativo. ¿A qué se debe esta crisis? Unos dicen que a la falta de esfuerzo de los alumnos y de autoridad de los maestros, otros que a las carencias de las escuelas y de los profesores. En asuntos educativos, sea cual sea el problema, aparecen siempre estos dos bandos y estas dos explicaciones, que se han acabado asimilando a la derecha y a la izquierda. Tras la alarma causada en Estados Unidos por el informe A Nation at Risk, que auguraba la decadencia de Estados Unidos si las escuelas seguían la suya, la administración Reagan publicó un folleto que, con el expresivo título de What Works, sugería a los profesores estrategias para fomentar el esfuerzo personal sin aumentar el económico. En España, el PP esperó a obtener la mayoría absoluta para aprobar una nueva Ley de Educación en la que añadir a los objetivos de la anterior derogada sólo uno más: el fomento de la cultura del esfuerzo. Añadido que, con toda seguridad, será una de las pocas cosas que cambie el PSOE en la ley que elabora actualmente.Las notas que siguen sobre algunas publicaciones recientes se organizan en torno a este fenómeno de polarización ideológica sobre el papel del esfuerzo y la disciplina en la escuela. Empezando por lo obvio, cabe constatar que lo que los alumnos aprenden depende en primer lugar, desde luego, de su capacidad para aprender, también llamada inteligencia (no importa que no sea una y la misma para todos los aprendizajes, sino distinta para la música, el deporte o las matemáticas). Y, en segundo lugar, de que quieran aprender, la voluntad de los antiguos a la que los psicólogos suelen llamar motivación. Esta voluntad de aprender a su vez puede venir del gusto o placer que se experimente en el aprendizaje mismo (intrínseca, endógena) o de la utilidad que se espere derivar de haber aprendido (extrínseca, exógena). Todavía es conveniente distinguir entre la motivación extrínseca instrumental, cuando los fines son queridos por el alumno y su conexión con el estudio como medio se le aparece clara y distintamente, como por ejemplo aprender matemáticas para ser mecánico o inglés para viajar; y la motivación extrínseca moral, cuando, no deseando el alumno ser mecánico ni turista, o no viendo la conexión entre el estudio y estas actividades, estudia porque así lo quieren padres, profesores o compañeros. Por último, es aún de utilidad afinar un poco más y distinguir entre quienes asumen complacer a sus mayores como un deber y quienes lo hacen más bien porque éstos les obligan o constriñen. Tenemos, en suma, que los estudiantes pueden estudiar por gusto o con esfuerzo, y este último puede nacer del interés, el sentido del deber o la fuerza de premios y castigos.El orden de esta enumeración es un orden de preferencias muy extendido, si no universal. Lo mejor es que la motivación sea intrínseca, que aprender sea un juego, una de esas actividades en que el ejercicio proporciona placer (consumo para los economistas). Cuando el estudio es trabajo, cuando el esfuerzo es costoso (incluso doloroso, si en verdad la palabra «trabajo» viene de tripallum, un instrumento de tortura), entonces la motivación ha de ser extrínseca. Se puede convencer al alumno de que merece la pena, de que a la postre va a salir ganando (inversión desde el punto de vista de la economía). Si esto no es bastante, cabe apelar al sentido moral, tan eficaz como el interés, pero con el inconveniente de que implica a... terceros. Ambos –interés y obligación moral– generan disciplina interna. Cuando la disciplina interna falla hay que recurrir a la disciplina externa, el control de los comportamientos mediante premios y castigos. Nótese que esto se hace unas veces para corregir la debilidad de la voluntad, que no consigue aplicar los medios que sabe eficaces para el fin que persigue; la disciplina externa es entonces solicitada por el propio estudiante, al modo en que Ulises se hiciera amarrar al palo del barco para no sucumbir a los cantos de las sirenas; y otras veces para corregir el comienzo de una voluntad fuerte, cuando el alumno rechaza la obligación moral de obedecer a los mayores y cree bien saber mejor lo que le conviene, bien tener derecho a actuar según su criterio. En cualquier caso, la constricción es más cara y menos eficaz que todo lo anterior, por lo que se la considera el último recurso pedagógico.Ahora bien, si todo el mundo está de acuerdo en esto, si todo el mundo prefiere el estudiante que goza al que sufre, y de entre los que sufren preferimos al voluntario sobre el forzado, ¿de qué trata la disputa? Observemos las cosas desde la tarima del profesor. Desde ahí, la motivación se traduce ante todo en orden y disciplina (hasta son un problema los alumnos tan buenos que pueden permitirse pasar del profesor). Y una cosa es el tipo de alumno que se prefiera (en el orden anterior, seguramente) y otra el repertorio de medios que se requieran para mantener la clase en orden. Aquí las opiniones son más dispares. Normalmente, el profesor prefiere un repertorio lo más amplio posible, para aplicar según el momento y las circunstancias. Pero muchos pedagogos no se fían de ellos y prefieren prohibirles los métodos peores para evitar que abusen. Algunos asimilan la escuela a una sociedad política en que los profesores son el gobierno y los alumnos los ciudadanos, y piden el establecimiento formal de derechos básicos, procedimientos de sanción y garantías frente a la arbitrariedad de los profesores. Todo lo cual pone en cuestión la autonomía profesional y la autoridad de estos últimos.La cuestión se complica un poco más si tenemos en cuenta la educación moral. Parece inevitable considerar el estudio, en fin de cuentas la principal actividad de las escuelas, como un medio para esta educación moral. Ahora bien, desde este nuevo punto de vista el orden de preferencias que acaba de exponerse (placer, interés, deber y coacción) no es ni mucho menos universal. Muchos partidarios del estudio como juego lo son porque respeta la libertad del niño, que crece libre de coacciones morales; para ellos se trata de educar para la libertad y la autonomía en y por la libertad y la autonomía. Otros moralistas, en cambio, consideran el placer y el interés motivaciones pre-morales, si no in-morales. Para las doctrinas éticas de más prestigio, la educación moral consiste en aprender a obrar por deber, venciendo la inclinación y sacrificando el interés, aprendizaje para el que no se desprecia como introducción el actuar movido por la coacción externa. Para ellas el trabajo no es un mero sustituto del juego, sino un medio de educación moral. Puede que desde el punto de vista de la didáctica convenga que los alumnos estudien por gusto o por cálculo, pero desde el punto de vista de la educación moral puede preferirse que lo hagan por sentido del deber, para alcanzar el cual la coacción puede ser un medio. Se trata de educar para la libertad y la autonomía, pero para llegar a ella puede ser necesario apoyar al niño mediante premios y castigos.A lo cual hay que añadir un poco de historia. Durante mucho tiempo se creyó que la escuela era odiosa para el común de los niños, que no la aguantarían sin premios y castigos. La pedagogía moderna y la escuela nueva demostraron que no hacía falta coacción externa si se enseñaba jugando. La invención se convirtió en exigencia. Los castigos físicos pasaron de ser la norma a la excepción, y de estar mal vistos a.. prohibirse formalmente. Al tiempo, la exigencia de esfuerzo a los alumnos (deberes para casa, por ejemplo) se puso en cuestión en pro de la motivación lúdica. El ideal de un aprendizaje divertido se extendió luego de la escuela infantil a la primaria, y al ampliarse la escolarización obligatoria, llegó hasta los dieciséis y los dieciocho años. Es en la secundaria donde la disputa se agría. Para unos, una secundaria sin autoridad ni sanción es un ideal pedagógico digno de ser impuesto mediante la fuerza de la ley cuando su potencial de convicción se agota. Para otros, una educación sin autoridad ni sanción es impracticable con los alumnos que no quieren estudiar y moralmente deficiente para todos.El enunciado «sin autoridad ni sanción» está tomado de un librito editado por Paidós en su colección Nuevas Reflexiones Filosóficas, resultado de una mesa redonda integrada por celebridades científico-mediáticas de Francia. Albert Jacquard es un especialista en genética de poblaciones algo inmodesto que ha divulgado arbitrios para diversos problemas sociales, desde el paro a la mala educación. Pierre Manent es una notoria autoridad en historia de las ideas políticas. Alain Renaut es un profesor de filosofía entre cuyas obras se cuenta un libro dedicado a las paradojas y contrasentidos de la «liberación de los niños». A los tres pregunta el moderador, Patrick Savidan, por el estado actual del vínculo educativo en nuestras sociedades, anticipando que existe acuerdo general sobre su deterioro. ¿Debe centrarse en el niño, como pretendía Freinet, o en el saber y las reglas, como quieren MacIntyre, que defiende que toda práctica requiere respeto por las reglas, o Steiner, que reivindica la dimensión coercitiva de la educación? O –aquí se ve que la cuestión no es nueva– el mismo Platón, que en el libro VIII de La República señaló como un mal –si bien menor– de las democracias que «el maestro, en semejante atmósfera, teme y adula a los que frecuentan su escuela, y éstos hacen caso omiso de los maestros, así como de los preceptores. Y en general los jóvenes copian la apariencia de los adultos, y rivalizan con ellos en palabras y acciones, mientras que los ancianos, rebajándose al nivel de los jóvenes, rebosan jocosidad y encanto, y los imitan para no parecer antipáticos ni mostrar un aire despótico». Se trasluce claramente que Savidan está más por Platón que por Freinet en el modo en que interpela a Jacquard para iniciar el coloquio: «¿Qué piensa usted de quienes, actualmente, anhelan una reafirmación, en el corazón de la relación pedagógica, de los valores de la autoridad y la disciplina?».Jacquard parece pensar lo peor de tales gentes, si bien no llega a decirlo. Él, por lo pronto, no tiene problemas con la disciplina: cuando da una conferencia, el público queda encantado. La clave está en el saber por el saber y en dejar que el público participe. «¿Por qué aprender matemáticas? Para aprobar el examen de la Politécnica. Yo valgo más que eso. Aprendo matemáticas porque es un tema de conversación y uno de los más bellos que existen. Entonces se las enseño a los niños porque eso permitirá que nos divirtamos y discutamos mucho. Hablaremos de la conjetura de Goldbach y del teorema de Gödel, nos divertiremos juntos, y vosotros, los gamberros de los suburbios que de vez en cuando venís a escucharnos, os daréis cuenta de que en el fondo lo entendéis todo. En cualquier caso, si no lo entendéis, es que yo lo he explicado mal. Entonces, volvería a empezar, y varias veces si fuera preciso». Traduciendo: 1) La disciplina debe nacer del placer de estudiar, y no debe ser un esfuerzo. 2) Los que estudian por aprobar son gente de segunda categoría. 3) Quienes recurren a la autoridad son unos incapaces que no saben enseñar. Se trata de una posición muy radical, que podemos llamar carismática; el único recurso que se le consiente al profesor es contagiar a los alumnos su entusiasmo por la materia.Manent se sitúa en el polo opuesto de...Jacquard. La función del profesor no es motivar, sino enseñar. La crisis de la escuela se nota en que antes los alumnos traían aprendida la civilidad de fuera y la escuela podía concentrarse en la enseñanza, mientras que ahora tiene que empezar por motivar a los alumnos y mantener la disciplina. Manent va más allá de reivindicar la autoridad y la disciplina: defiende una división del trabajo tal que la motivación –por gusto, interés o disciplina– la traiga ya el alumno cuando entre en el aula. Cuando se quiere que el profesor la proporcione es que la escuela está en crisis (da igual, hay que suponer, que intente motivar haciendo divertidos los contenidos o valiéndose de la coacción externa). El anhelo de autoridad en la relación pedagógica sería a la postre vano, pues no puede enseñarse a quien no quiere aprender. En resumen: el profesor no está ni para motivar mediante el carisma ni para imponer con la autoridad, sino para enseñar a alumnos que quieren aprender, da igual que sea por placer, interés u obligación.Renaut, por fin, parece reivindicar la autoridad en nombre de la educación moral. La disciplina es un medio para aprender, pero ante todo es un fin propio de la educación. El hedonismo nos coloca ante una contradicción ética: si el estudio ha de venir sólo del gusto por lo estudiado, cabe generalizar esto a toda acción y proponer una ética sin obligación ni sanción, una ética sin sentido del deber ni necesidad de esfuerzo. La educación se funda en la asimetría entre el viejo y el joven, pero nuestras sociedades –que se regalan grandilocuentes declaraciones de derechos del niño– exigen la igualdad ya desde la infancia. Se trata de una contradicción cultural de las sociedades democráticas, en las cuales el avance del principio de igualdad y su extensión a los niños choca con los requerimientos disciplinarios de la relación pedagógica. ¿Entonces? Manent tiene razón en quejarse, Jacquard puede intentar un vínculo pedagógico simétrico y Renaut se limita a creer que nadie tiene una respuesta.¿No hay, pues, nada intermedio entre el carisma y la fatalidad? Savidan, el moderador, intenta esforzadamente obtener una respuesta concreta a la urgencia de los educadores. Es estupendo que haya quien se crea capaz de divertir a cualquiera con el teorema de Gödel, que antes los alumnos fueran modosos o que estemos ante una contradicción de las sociedades modernas, pero díganme, ¿cómo conseguir que los niños se sienten? ¿Cómo conseguir que escuchen al profesor, que contesten cuando les habla? Por ejemplo, en este caso contado por un amigo: cuando una tía buena [sic] pasa por la calle, la mayoría de los chicos de la clase se abalanzaban sobre las ventanas, sin consideración por el profesor (p. 58). ¿No sería bueno para esto que se diera a los profesores más autoridad? Es más que curioso cómo las tres celebridades se las arreglan para eludir de nuevo la cuestión. Jacquard pretexta primero: «Se trata de situaciones que no caben en mi imaginación»; y luego reduce su carisma a extremos de igualitarismo orgiástico: «Me pondría con ellos en la ventana [...] Dar clase es en el fondo como hacer el amor». Manent insiste en su fatalismo: «Una de las causas del debilitamiento de la escuela reside precisamente en que haya tantas atracciones fuera de ella»; Renaut, otra vez, apunta sin atreverse a disparar: las soluciones deben ser acordes con los valores democráticos y valer para la gente tal como es, no como deberían ser. Por ejemplo, «la solución que consiste en apelar al talento del enseñante conduce, en el fondo, a culpabilizar en el plano personal al que, en condiciones a veces difíciles, no consigue “controlar” su clase».Al final nadie se atreve a defender la autoridad y la disciplina. La arrogancia con que Jacquard propone el carisma como única pedagogía legítima contrasta fuertemente con el apocamiento de los otros tres. Creen necesaria la disciplina, pero si no viene de fuera no se comprometen pedagógicamente con ella, por miedo a ser acusados de querer volver atrás, de ir contra las corrientes modernas, de propugnar una escuela santuario aislada de la sociedad. Sus actitudes son reflejo del poder de las corrientes sociales. La pedagogía del juego está a la ofensiva, la del esfuerzo y la disciplina a la defensiva.JUAN BOSCO, UN PRECURSOREntre los primeros pedagogos del carisma estaría Juan Bosco, que atribuye al amor un papel central en la educación de la juventud. Puede encontrarse parte de su obra en la Serie Clásicos de la Editorial Biblioteca Nueva, una estupenda colección que dirige el veterano profesor Agustín Escolano y por la que vela eficazmente la profesora Gabriela Ossenbach. Acoge esta serie con rara hospitalidad textos de autores tan diversos como Paul Natorp, fray Martín Sarmiento, Maria Montessori, José María Blanco White o John Dewey. En el libro de Bosco, además de dos versiones del ensayo que da título al libro, El sistema preventivo en la educacion, y del relato de las vicisitudes del Oratorio de San Francisco de Sales, Juan Manuel Prellezo ha recogido el documento que, según nos dice en su erudito y valioso estudio introductorio, se considera la carta magna del sistema salesiano: la carta del 10 de mayo de 1884 enviada a los miembros de la comunidad educativa de Valdocco. Las doctrinas pedagógicas de Don Bosco son en ese escrito las de un carismático en estado casi puro. ¿Cómo es, se lamenta, que ya no hay en el patio la alegría que había? Pues porque los educadores no juegan con los jóvenes, no son uno con ellos. Quizá les amen, pero no muestran que les aman. Se trata de que «amándoles en las cosas que les agradan, participando en las inclinaciones propias de su edad, aprendan a ver el amor en las cosas que naturalmente les agradan poco; como son la disciplina, el estudio, la mortificación de sí mismos y que aprendan a hacer estas cosas con amor» (p. 264).Como en las respuestas de Jacquard, lo esencial es el carisma. Jacquard lo orienta a lo intelectual y presume de hacer las matemáticas divertidas hasta para los gamberros de los suburbios, mientras que Bosco lo orienta hacia lo moral y pretende que los jóvenes «en peligro» lleguen a amar no ya el estudio, sino incluso la mortificación. El carisma moral no hace directamente atractivas las matemáticas, sino que permite a cada cual interesarse por lo que le gusta. «Dejo a los muchachos la libertad de hacer lo que más les agrada. El secreto está en descubrir en los muchachos los gérmenes de sus buenas aptitudes y tratar de desarrollarlas. Como a cada uno le gusta hacer solamente lo que sabe que puede hacer, yo aplico rigurosamente este principio y mis alumnos trabajan todos, no sólo activamente, sino con amor». Si la disciplina nace del trabajo, el castigo queda como último recurso. Siempre que sea posible, no debe recurrirse nunca a los castigos. «Donde la necesidad pidiese alguna represión, trate el educador de hacerse amar, no se den nunca en público, evítense los castigos físicos y haga conocer el director las reglas» (p. 255). Se parte de los gustos e intereses de los alumnos, que aplicados a tareas que les absorben hacen inútil la coacción externa, y luego se les lleva a tareas que exigen esfuerzo y disciplina.DELVAL, O EL BUEN SALVAJE COMPRENSIVOLas ideas de Bosco sobre la libertad son esencialmente las mismas de la pedagogía activa. El fundamento último es que los alumnos concentrados en una tarea no plantean problemas de orden ni disciplina. La clave de la concentración es que al alumno le interese lo que aprende. Hay, sin embargo, una gran diferencia dependiendo de que el interés sea espontáneo o inducido. En España, la obra de Juan Delval está entre lo mejor de lo mucho producido en la tradición de la escuela activa. Su último libro se llama La escuela posible. Cómo hacer una reforma de la educación, y fue publicado en 2002 por Ariel. Juan Delval es un ya casi venerable psicólogo, catedrático en la Universidad Autónoma de Madrid, que lleva más de treinta y cinco años visitando escuelas y entrevistando niños para tratar de descubrir, en la línea de Piaget, cómo entienden las cosas y cómo forman sus representaciones de la realidad. La conclusión a que ha llegado es que la escuela desaprovecha el interés y la curiosidad de los niños y les llena la cabeza de conocimientos cuya utilidad no ven y que entienden mal. El cambio que Delval propone va en la línea de hacer el estudio atractivo, de manera que no haga falta la disciplina externa. Con sus propias palabras: «El niño tiene un enorme deseo de aprender y una inmensa curiosidad desde que nace. Cualquier cosa que representa un cierto grado de novedad y que es asimilable a sus esquemas le interesa. [...] La escuela suele ser un medio poco estimulante para el niño que llega a ella. Allí se le plantean pocos problemas, o los problemas que se le ofrecen no son “sus” problemas [...] Creo que lo que hay que intentar es fomentar en los alumnos el gusto por el saber y esto difícilmente se consigue partiendo de los conceptos y la estructura de las disciplinas científicas establecidas. Esto quiere decir que debemos adaptar lo que se enseña a los intereses y la capacidad de comprensión de nuestros alumnos». Las palabras clave son, obviamente, «cualquier cosa» y «asimilable a sus esquemas». La curiosidad es universal con tal de que los objetos se presenten debidamente.Desde luego, Delval propone algo más que estas recomendaciones, que bien son triviales, bien hace mucho tiempo que dejaron de ser nuevas. Delval propone un método que según sus defensores permite de un solo golpe adaptar las enseñanzas a los intereses y necesidades de los alumnos y fomentar el gusto por el saber. Se trata de partir de problemas que el entorno plantea al alumno y guiar a éste hasta el descubrimiento de soluciones científicas a esos problemas. Más en concreto todavía, Delval defiende el construccionismo, que es una aplicación tardía a la educación de la teoría pragmatista del significado, el aprendizaje y la verdad. Se trata de usar como método en la escuela el modo en que se genera naturalmente el conocimiento humano. En palabras de Delval, «los conocimientos tienen una utilidad funcional, sirven para la supervivencia de los individuos, y éstos buscan explicaciones del porqué y el cómo de los fenómenos que guíen su acción [...] el sujeto tiene que construir su propio conocimiento y lo hace a través de su acción sobre la realidad, actuando sobre ella, transformándola y registrando los resultados de lo que ha hecho [...] el sujeto va construyendo modelos de la realidad que contrasta con los resultados de su acción y que va modificando a medida que encuentra nuevas propiedades como resultado de su experiencia (que incluye las enseñanzas de los otros)». Delval es tan congruente con esta forma de entender las cosas que mantiene en su propuesta la gran importancia que daban al trabajo manual los pedagogos reformistas de principios del siglo XX. El libro contiene un apartado entero dedicado a las formas de introducir la tecnología y el trabajo manual en las aulas, incluyendo la agricultura, las materias plásticas, la madera, el hilo, la impresión, el papel, la construcción, las obras hidráulicas, el hierro y los metales y el uso y fabricación de herramientas y máquinas, hasta llegar, desde luego, al ordenador.Sería injusto, pues, atribuir a Delval el proyecto de reducir todo aprendizaje a juego. De las cuatro vías que distinguimos antes para incitar al estudio (a saber, placer, interés, deber y coacción), Delval admite el interés y el deber cuando falle el placer. Cabe que al alumno no le guste el programa, pero se esforzará si entiende sus razones. «Por eso resulta absurdo que se proponga en la reforma que se avecina que hay que crear una cultura del esfuerzo, y que eso se haga aumentando los exámenes. Lo que hay que hacer es procurar que [el niño] vea el sentido del esfuerzo» (p. 136). Discípulo dePiaget, Delval ve en el estudio y la buena conducta en el aula un caso particular de educación moral, cuyo fin es la autonomía individual, no el primado inmediato del deseo. «Ser autónomo es estar gobernado por uno mismo, pero no por las pasiones, que son sólo deseos momentáneos, o por las tradiciones, que son los deseos de nuestros antepasados, sino por principios universales, principios que valgan para todos». Padre madrileño, Delval sabe de primera mano que la concepción espontánea que los adolescentes tienen de la autonomía es del tipo hedonista: salir hasta tarde, dormir también hasta muy tarde y no hacer nada de la casa. El fin de la educación moral es superar este hedonismo espontáneo. Que lo que el individuo no haga por inclinación lo haga porque «comprenda la necesidad de las reglas, de sus prescripciones, y alcance así la autonomía en la conducta»: incluido estudiar y participar en clase.¿Qué hay, entonces de la autoridad y la sanción? ¿No sirven por lo menos como medios para alcanzar la autonomía? O, dicho de otro modo, ¿cómo se muestra a los alumnos la necesidad del estudio y de las reglas: sólo por el diálogo y la experiencia, o también mediante órdenes y prohibiciones? ¿Pueden violarse impunemente las reglas hasta que se comprenden? ¿No ayudan los castigos a la comprensión? En la escuela activa, según Delval, educación intelectual y educación moral avanzan, como en los entornos naturales, por descubrimiento de las consecuencias. ¿Sin autoridad que avise de al menos las peores? ¿Sin premios ni castigos que refuercen el aviso? Según Delval, el maestro debe ser un modelo para el alumno, lo que parece implicar procesos de aprendizaje vicario más basados en la imitación que en la razón; esto sugiere que quizás el maestro pueda basarse en su autoridad cuando a los alumnos no les guste una tarea y no vean razón para esforzarse en ella. Sería desde luego muy congruente con las teorías del desarrollo moral de Piaget y el propio Delval que en el tiempo que media entre la desbocada curiosidad de los tres años y la autonomía moral que –no todos– alcanzan a los quince, hubiera períodos en que lo adecuado fuera una pedagogía basada en una moral heterónoma, apoyada en la autoridad o en el castigo. Tales períodos han de ser por lo menos aquel en que la conducta se orienta por sus resultados inmediatos y el siguiente en el que ya se orienta por normas, pero aún no por principios universales, cuando los niños no han superado la idea de que se obedece a los mayores por su poder y por su autoridad. Cuestión tan importante, sin embargo, la rehúye Delval, atrapado en una contradicción que no quiere plantearse entre dogma pedagógico y conocimiento empírico.Delval y Bosco comparten el principio básico de mantener el orden mediante el interés y no con la autoridad, pero difieren en un punto fundamental. Bosco deja que cada uno haga lo que le guste, resignado a que sólo guste lo que se sabe hacer; acepta la diversidad de aptitudes y gustos y deja libertad para su desarrollo; Delval pretende interesar a todos en las mismas tareas escolares, sin explotar la diversidad individual, aprovechando que a todos les gusta naturalmente aprender: el alumno de Delval no aprende sólo lo que quiere, sino también lo que debe aprender (p. 136). Si el interés es espontáneo, si viene de fuera, como era el caso de los jóvenes en riesgo de Valdocco, la escuela ha de adaptarse y no puede ser obligatoria; pero si la escuela es obligatoria y el currículum impuesto, entonces el interés ha de ser inducido: de ahí surge el profesor como la figura que establece la mediación entre la escuela y la vida. Por si la tarea le parece excesiva, la Psicología le garantiza que el alumno se interesa naturalmente por cualquier cosa, con sólo que él sepa adaptarla a su capacidad de comprensión.El propósito de inducir en todos los alumnos interés por el currículum escolar es muy ambicioso, y requeriría justificar mejor sus supuestos. El más básico es que los alumnos tienen naturalmente no ya una enorme curiosidad, sino un inmenso deseo de esforzarse por satisfacerla. Extrañamente para un psicólogo evolutivo, Delval no nos aporta ninguna prueba de que esta curiosidad es general, ni nos dice nada sobre los estadios de su evolución desde la infancia a la adolescencia. Por desgracia, parece que este niño a la vez curioso y científico de la escuela nueva es un artificio construido juntando la curiosidad de los niños de cuatro años, que todavía no pueden razonar, con la capacidad intelectual de los adolescentes, que ya han perdido la curiosidad.Delval propone cambiar la enseñanza, pero no ofrece un diagnóstico que confirme que la situación es mala, ni nada que avale que su remedio la mejoraría. Asegura que la escuela actual destruye la curiosidad natural de los niños, pero no nos enseña niños desescolarizados con su curiosidad incólume; apenas sugiere el viejo sofisma de Rousseau: si el niño es naturalmente curioso y a los adolescentes no les gusta estudiar, debe de ser que la escuela ha estropeado su estudiosa naturaleza. A Delval ni siquiera se le ocurre pensar que sus propuestas podrían no funcionar. La imagen que da sobre cómo sería «una escuela en la que las aulas sean centros de trabajo desde los que los alumnos exploren el mundo, a sí mismos y sus propias relaciones» está, como él mismo dice, muy alejada de la realidad (p. 200). ¿Por qué? Como él señala, los principios de la escuela nueva tienen ya casi un siglo de vida, pero continúan sin aplicar por razones «inexplicables» y poderosas. ¿Cuáles? En su línea de idealismo socrático, Delval supone que si los profesores no cambian es porque no comprenden la utilidad de cambiar, y si siguen enseñando como a ellos les han enseñado es porque nadie les da una buena razón para hacerlo de otro modo. La conocida coartada de que la idea es buena, sólo que la gente no está a su altura.Quizás habría que ser más modestos y pensar que podría ser que la gente no sea tan mala ni la idea tan buena. Reconocer que la escuela actual está muy lejos de esa caricatura en que aparece tratando de construir un niño pasivo cuya función fundamental es la de recibir y almacenar un conocimiento que los otros han producido y que él tiene que limitarse tan solo a poseer; y que desde hace mucho tiempo intenta con mucho esfuerzo, particular y oficial, acercarse a ese otro tipo de escuela cuya actividad es producir problemas y generar nuevos conocimientos al intentar resolverlos, formando así un individuo activo, capaz de pensar por sí mismo; quizás habría que ser más humildes y admitir que las propuestas de la escuela activa ya triunfaron en lo que tenían de factible y de apreciable, que ha quedado incorporado a las escuelas, incluso a las escuelas públicas, gracias al esfuerzo de muchos maestros que intentaron cambiarlas.Cabría incluso ser autocríticos y considerar ese fracaso en enseñar la reforma como signo de un fallo interno. ¿No es la reforma un aprendizaje? Y los reformadores ¿no han utilizado para difundirla métodos de enseñanza reformados? Partir de problemas reales, guiar en la construcción activa del propio conocimiento, no imponer la mera recepción de soluciones de otros, ¿acaso no aprenden así los profesores? Si no han visto en el cambio a los principios de la escuela activa la solución a sus problemas, debemos admitir que estamos ante una paradoja: los métodos activos serían muy buenos para enseñar con sólo que lograran enseñarse a sí mismos. Pero también habría que admitir que si no logran enseñarse a sí mismos es porque no son buenos para enseñar...MARCHESI, O LEGISLAR LA DIDÁCTICAÁlvaro Marchesi no puede quejarse de la indiferencia de las autoridades educativas: fue durante más de diez años el responsable de la reforma. O al menos de una reforma consistente en mantener en el mismo programa a todos los alumnos hasta los dieciséis años sin que los profesores pudieran recurrir a la coacción ymuy poco al esfuerzo. Nótese que es una tarea mucho más difícil que las de Don Bosco, e incluso de Delval. Éstos proponen mantener la disciplina adaptando las tareas a los intereses de los alumnos y recurriendo sólo in extremis al deber y a la coacción. Marchesi, en cambio, prescribe que los profesores mantengan la disciplina haciendo interesante a todos un único currículum, recurriendo in extremis a adaptaciones. ¿Y los malos alumnos, los que se asoman a la ventana aunque el profesor esté explicando? Hay que reconocer a Marchesi el valor de haber atacado la cuestión directamente. Los «malos alumnos» son efectivamente el principal problema de su reforma, eufemísticamente llamado a veces «atención a la diversidad». Y la cuestión de que trata el libro es la que le han planteado miles de veces los profesores de Secundaria: ¿qué hacemos con los alumnos que no quieren estudiar, pero que la LOGSE nos obliga a tener en clase? También hay que reconocerle, sin embargo, la habilidad para esquivarla cuando parece que se enfrenta a ella. Nos suena familiar su engaño: adaptar los métodos de enseñanza para que todos los alumnos conecten con los objetivos de aprendizaje, proceso en el cual tan importante es despertar su interés como cuidar de su bienestar y de su autoestima. Catedrático, como Delval, de Psicología Evolutiva y de la Educación, el antiguo secretario general de Educación envuelve la receta en jerga técnica y referencias académicas que, si al principio impresionan, acaban por realzar el contraste entre la complejidad de los problemas y la sencillez del remedio.Distingue Marchesi tres clases de «malos alumnos»: los alumnos con problemas de aprendizaje, los alumnos desmotivados y los alumnos con problemas emocionales y de conducta. Nadie piense que las dificultades de aprendizaje tienen algo que ver con lo que se llama inteligencia. No, el problema es que, como señala Gardner, la escuela otorga una prioridad excesiva a la inteligencia lingüística y a la matemática, en detrimento de otras, como la inteligencia musical, la corporal, la interpersonal y la intrapersonal. Tras mucho ponderar la complejidad del problema, Marchesi selecciona tres situaciones que «están en el origen o son consecuencia» [sic] de las dificultades escolares de los alumnos: falta de atención, problemas de lectura, baja autoestima. En realidad, de las tres, la única que puede ser causa de las dificultades de aprendizaje y a la que se dedican las únicas páginas del libro con algún valor científico son los déficit de atención. Las dificultades con la lectura son las mismas dificultades de aprendizaje, y la baja autoestima académica es más bien la conciencia de sí del alumno. Asombrosa sugerencia: clases extras de lectura.Los alumnos desmotivados son los que directamente nos interesan. (Ejemplo: «No me gusta estudiar. Estudiar es un rollo, me aburro. Es que no es nada interesante, siempre lo mismo»). La sociedad les ofrece cosas más atractivas que el estudio, y ellos mismos dicen que no quieren esforzarse. Pero, ¿por qué no quieren esforzarse? Porque tienen baja autoestima. ¿Y por qué tienen baja autoestima? Porque estudiar se les da mal. ¿Y por qué se les da mal estudiar? Porque no sienten interés. ¿Y cómo despertar el interés? Pues haciéndoles ver la funcionalidad de los aprendizajes, comprender la tarea, verle el sentido. ¿Que cómo? Pues usando ordenadores, pero no sólo. Hay que conectar la enseñanza con su vida, incorporar a la escuela lo que ocurre en la sociedad, organizar situaciones de aprendizaje conectadas con la realidad. Y si, una vez interesados, se les sigue dando mal, es que tienen dificultades de aprendizaje (véase supra); conviene evitarles la experiencia continuada de fracaso, adaptando las tareas a sus posibilidades y valorando su esfuerzo de forma positiva. También es bueno –no guarda mucha conexión con el problema, pero es bueno– crear una cultura de la participación y favorecer el aprendizaje cooperativo y el apoyo entre los alumnos. En suma, la solución para los alumnos desmotivados es –primero– que los profesores aprendan a que se interesen por el programa, y si no hay más remedio, que se lo adapten.Están, por último, los alumnos con problemas emocionales y con mal comportamiento. (Ejemplo: «Estudiar es un rollo. No hay quien lo aguante. Por eso montamos bronca. Y los profesores se cabrean. Normal. Estamos todos como cabreados unos con otros. Tiene mala solución»). Bueno, no para Marchesi. Aquí hay unos, dice, que ponen en primer plano el castigo, la separación, la organización de grupos especiales o la expulsión como forma de proteger los derechos de los demás alumnos y de los profesores. Por otro, los que apuestan por la inclusión, la participación de los alumnos en el control de las normas, los cambios en el currículum y el énfasis en la educación emocional de los alumnos. No hace falta decir con cuáles está el autor.En suma, hay malos alumnos que no aprenden porque no pueden, malos alumnos que no aprenden porque no quieren y malos alumnos que aprenden, pero que maltratan a sus compañeros y acosan a sus profesores. Pero tanta diversidad en realidad no importa, porque para todos viene a valer la misma receta: adaptar, motivar y comunicar (Don Bosco habría dicho «amar»). No importa que, tras años de querer aplicarlas, el 63% de los profesores sean partidarios de actuar de forma más dura con los malos alumnos. No nos sacarán ni una palabra sobre la autoridad, ni sobre la sanción, ni sobre el sentido del deber. Si la receta no funciona, volvamos a empezar, porque parece que no lo han entendido. (Continuará en el próximo número).Julio Carabaña es sociólogoAlbert Jacquard, Pierre Manent y Alain Renaut
¿UNA EDUCACIÓN SIN AUTORIDAD NI SANCIÓN?Trad. de Jordi Terré Alonso Paidós, Barcelona 94 pp. 7,69 €Juan BoscoEL SISTEMA PREVENTIVO EN LA EDUCACIÓN. MEMORIAS Y ENSAYOSEd. de José Manuel Prellezo García. Biblioteca Nueva, Madrid 272 pp. 15,36 €Juan DelvalLA ESCUELA POSIBLE. CÓMO HACER UNA REFORMA DE LA EDUCACIÓNAriel, Barcelona 320 pp. 18 €Álvaro Marchesi¿QUÉ SERÁ DE NOSOTROS, LOS MALOS ALUMNOS?Alianza, Madrid 320 pp. 17,31 €Lorenzo LuzuriagaLA ESCUELA NUEVA PÚBLICALosada, Buenos Aires 235 pp. 13,50 €John DeweyEXPERIENCIA Y EDUCACIÓNTrad. de Lorenzo LuzuriagaEd. de Javier Sáenz Obregón. Biblioteca Nueva, Madrid 128 pp. 8,64 €José María Quintana CabanasLA EDUCACIÓN ESTÁ ENFERMANau Llibres, Valencia 224 pp. 15,34 €Víctor Pérez Díaz y Juan Carlos RodríguezLA EDUCACIÓN GENERAL EN ESPAÑAFundación Santillana, Madrid 450 pp. 13,50 €Cordula Artelt, Jürgen Baumert, Nele Julius-McElvany y Jules PecharLEARNERS FOR LIFE. STUDENT APPROACHES TO LEARNING. RESULTS FROM PISA 2000OCDE, ParísJon Douglas WilmsSTUDENT ENGAGEMENT IN SCHOOL. A SENSE OF BELONGING AND PARTICIPATION. RESULTS FROM PISA 2000OCDE, ParísNota de Revista de Libros: Este artículo sólo podrá ser reproducido si se cita su fuente. Revista de Libros número 102. Junio 2005















unidos por Praga La ciudad se vuelca con dos de los artistas que más se identificaron con ella



Para Anne-Marie C.



En el Teatro de los Estados se extinguieron las luces, se alzó el telón y sonaron por vez primera las notas de Don Giovanni. Si hemos de dar crédito a las potentes imágenes de Milos Forman en su película Amadeus, la figura negra, descomunal, del Comendador de ultratumba sería una transferencia de la figura del padre del propio compositor. Mozart tuvo que atrincherarse en la lejanía de Praga para ajustar cuentas a un progenitor sin duda bienintencionado, pero excesivo.
En Praga, Mozart se sentía bien. "Allí me entienden", decía, y también: "Mi orquesta está en Praga". Cinco veces la visitó; allí estrenó dos óperas, así como la Sinfonía Praga y algunas piezas más. Los praguenses han adoptado al Don Giovanni como asunto propio; el Teatro Nacional de Marionetas la repone en dos sesiones diarias, que hacen las delicias de turistas fáciles (y amantes de las marionetas, más que de Mozart).
Cuando el autor austriaco acudía a Praga solía ser huésped del matrimonio Dusek. Ellos eran los propietarios de Villa Bertramka (que ahora queda en el barrio renacido de Smíchov, y ha sido convertida en Museo Mozart) y también de otros palacios, entre ellos la Casa del Sol Negro, en la plaza de la Ciudad Vieja.
Mozart fue agasajado en muchas mansiones de Praga. Hay unas treinta donde se le recuerda por algún concierto que dio, o al que asistió. Le querían y él se dejaba querer. El poeta alemán Mörike, en su Mozart camino de Praga, hace un balance idealizado y un tanto injusto del meteórico deslumbramiento que supuso para melómanos y aristócratas el paso del genio por la ciudad. No sólo entró en los palacios: raro es el templo que no se vanaglorie de que el músico tentara su órgano. Un caso especial es el monasterio de Strahov, en la colina Petrin, una visita irrenunciable; allí, al parecer, mientras Mozart improvisaba, el organista titular fue transcribiendo lo que sonaba. Las variaciones de Strahov no figuran en el catálogo de Ludwig von Köchel, el estudioso que clasificó las composiciones mozartianas en el siglo XIX, pero la leyenda urbana de Praga las atribuye al autor de La flauta mágica.
En este aniversario -nació en Salzburgo hace 250 años-, la capital checa se ha volcado. El proyecto Mozart Praga 2006 (www.mozartprague2006.com) es de los más sustanciosos generados por la efeméride en Europa. Se ha remozado el Museo Mozart de Villa Bertramka. Acaba también de abrirse una Casa de la Música en la antigua iglesia de la Magdalena (secularizada, sirvió de todo: estafeta de correos, corrala de vecinos, archivo; la parte del claustro y monasterio será en breve hotel de lujo).
Más entrañable para los checos es el Museo Smetana (padre de la música nacional, con una pieza dedicada al río Moldava que es un hito de la música argumental), junto al puente de Carlos. Las citas y actividades musicales de Praga son envidiables, aunque algunas veladas en iglesias o palacetes estén pensadas, como lo de las marionetas, para turistas agradecidos.
El escritor y su entornoMozart tiene en Praga un serio competidor, sin necesidad de aniversarios, y en cierto modo, un cómplice: Kafka. Otro que le ajustó las cuentas al padre. Desde hace sólo unos meses se anuncia en la ribera de Malá Strana un nuevo Museo de Kafka. En realidad se trata de una exposición (originada en Barcelona) sobre el escritor y su entorno, que se queda aquí de manera permanente. Algo que los turistas parecían pedir a gritos. En las décadas comunistas, el régimen dejó a oscuras la figura de Kafka. Ahora, de súbito, se ha multiplicado su presencia.
Lo curioso es que el escritor no menciona en sus obras mayores (sí en diarios y cartas) ningún lugar concreto de Praga. Pero los decorados anónimos de historias como El proceso o El castillo permiten adivinar rincones reales. No le debió de resultar difícil convertir en metáfora las calles y recovecos de lo que llama Angelo Maria Ripellino (en Praga mágica) "una especie de manicomio metafísico", una defenestración absoluta. Pero al margen de los escritos están los lugares que frecuentó el escritor judío. La ruta de Kafka es actualmente la más aprovechada por guías y agencias, documentada en folletos o libros (como el escrito por Josef Cermák, responsable junto con Juan Insúa de la exposición-museo ya citada).
La Casa del UnicornioLugares que se anillan en torno a la plaza de la Ciudad Vieja, donde están la casa natal (ahora convertida en restaurante de moda), el palacio Kinsky (liceo de Kafka adolescente y tienda paterna en los bajos, ahora librería), la Casa del Unicornio (donde Berta Fanta acogía a contertulios y Einstein tocaba el violín), la calle Celetná, la judería o barrio Josefov (donde hace sólo un par de años, junto a la morisca Sinagoga Española, se erigió el primer monumento a Kafka). Una estatua de Jaroslav Róna que nadie comprende, o sea, bastante kafkiana. El escritor aparece diminuto, subido a los hombros de una figura broncínea, tremenda, sin cabeza ni rostro. ¿Su padre? Como Mozart, Kafka aprovechó la lejanía (cuando convalecía en Zelizy) para escribir en 1919 (cinco años antes de morir) la célebre Carta al padre. Más que un memorial de agravios, un enfermizo escrutinio del propio sentimiento de culpa.
Praga es una enzima para esa suerte de procesos subconscientes y ajustes de cuentas. Tiene mucho de iceberg, de ciudad sumergida en sus propios pruchody o pasadizos sombríos, en sus propias humedades y emanaciones. Claro que también eso está mudando, rápidamente: la Praga desconchada se lava aprisa la cara, aflora su mejor sonrisa barroca, transmuta su carne en oro. El merchandising es ahora el padre, imparable e implacable.
GUÍA PRÁCTICA


Cómo ir
- CSA Czech Airlines (915 42 61 66 y 934 15 60 46; www.czechairlines.com) tiene dos vuelos diarios a Praga desde Madrid y Barcelona; ida y vuelta desde Madrid, a partir de 243,06 euros, tasas y cargos incluidos.
- Smart Wings (www.smartwings.net; 902 15 84 68), compañía de bajo coste que vuela a Praga desde Madrid, Palma de Mallorca y Barcelona, con tasas desde 87,35 euros ida y vuelta.
- Iberia (www.iberia.es; 902 400 500) vuela a Praga desde Madrid y Barcelona. Comprando con antelación, ida y vuelta desde Madrid, desde 271,24, tasas y gastos incluidos.
- Swiss (www.swiss.com; 901 11 67 12), con una escala; desde Madrid ida y vuelta, desde 195,60, todo incluido.
Dormir y comer
- Hotel Mövenpick Prague (00 42 02 57 15 11 11; www.moevenpick-
prague.com). Mozartova, 261. Está a sólo unos pasos de Villa Bertramka; situado en un parque, los dos cuerpos separados del hotel se unen mediante un teleférico. Vistas asombrosas. La doble, desde 99 euros.
- Restaurante de Villa Bertramka
(00 42 02 57 31 67 53). Mozartova, 169.
- Restaurante Kafka. En la propia casa natal del escritor (junto a San Nicolás). Plaza de la Ciudad Vieja.
- Cervecería Novometsky Pivovar
(00 42 02 22 23 24 48). Vodickova, 20 (cerca de la plaza Wenceslao
). Un lugar simpático, donde siguen haciendo su propia cerveza.
Información
- www.mozartpraha2006.cz.
- www.mozartprague2006.com.
- www.czechtourism.com.
- Oficina checa de turismo en Madrid (913 45 71 12).







Krámnik pierde por un error garrafal



El campeón mundial de ajedrez, Krámnik, se enfrenta por segunda vez a la 'máquina'
El ruso Vladímir Krámnik he perdido con negras la segunda de las seis partidas previstas en Bonn contra el programa Deep Fritz tras un error de principiante y después de jugar muy bien y rozar la victoria durante tres horas. El campeón del mundo pierde por 0,5-1,5, y jugará con blancas pasado mañana la tercera


Para Anne-Marie C


Créditos para los excluidos del mercado


Nueve cajas de ahorros prestan 54 millones con microcréditos a personas sin avales ni recursos







Tanto tienes, tanto vales. El refrán, aplicado siempre en el mundo financiero, tiene excepciones. Nueve cajas han desarrollado un sistema de ayuda a personas con escasos recursos (inmigrantes, mujeres, marginados) para que puedan salir adelante aunque no tengan avales, siempre que cuenten con un proyecto interesante. Han concedido 54 millones de euros. El microcrédito, que nació en Bangladesh en los setenta, arrancó en España hace cuatro años, aunque alguna caja, como BBK, apoya a estos colectivos desde 1997. En los últimos cuatro años las ayudas se han multiplicado por 40, y seguirá así porque hay 28 cajas interesadas. La Caixa es la entidad líder, con 20 millones concedidos. Parecía un asunto que sólo podía interesar a los países en vías de desarrollo. En la rica Europa, sostuvieron muchos expertos, no tiene sentido implantar los microcréditos, que son préstamos que oscilan entre los 8.000 y los 25.000 euros que se conceden sin garantías. Gran error. Entre la opulencia europea hay bolsas de pobreza y, sobre todo, hay una importante población que ha caído o está a punto de caer en la exclusión social. No en vano, según Cáritas, en España hay 800.000 personas que viven en la extrema pobreza, con menos de 90 euros al mes. La llegada masiva de inmigrantes está agudizando este problema.
El sistema financiero presta dinero a los emprendedores, pero siempre pide garantías o avales a cambio. Existen personas que no tienen recursos, pero sí empuje e ideas para abrir



Para el Cielo de José Benito







Estaba escuchando un programa de radio en el que un escritor decía que lo bueno de los cuentos es que, al ser breves, se pueden leer en un viaje de metro. Es un tópico al que se recurre en periodo de promoción y que no responde a una verdad científica. Para aportar mi granito de arena al Año del Libro y de la Lectura, ejemplo de lo que debería ser una política de promoción del libro sin fecha de caducidad, bajé al metro a comprobar qué leen los pasajeros. Es algo que conviene hacer de vez en cuando para certificar las mutaciones del canon de lectura subterránea. Elegí una hora punta, entre las siete de la tarde y las nueve de la noche de un día laborable, y recorrí varios metros de las líneas 5 y 4. Para pasar más inadvertido, me disfracé de lector y me llevé un libro que contiene, en 234 páginas, poemas, cuentos, ensayos, prólogos, reflexiones y críticas literarias: sin heroísmos, por favor, de Raymond Carver.
Resumen del informe que desarrollaré más adelante: no vi a nadie leyendo un libro de cuentos. Por el contrario, entre los elegidos que todavía tienen energía para gozar del bendito placer de la lectura, observé que la mayoría se inclinaba por novelas largas, esas que coloquialmente denominamos tochos. Hace tiempo, uno de esos lectores de metro me comentó que le encantaba leer novelas largas elegidas exclusivamente para sus viajes. Era, me dijo, una manera de sentirse acompañado durante semanas por una historia y unos personajes con los que se reencontraba dos veces al día: a la ida y a la vuelta. Pese a que la competencia de otras adicciones es potente (MP3, sueño atrasado), los lectores de metro leen en las posiciones más inverosímiles: con la cabeza apoyada en una barra metálica, de pie, arrinconados por un gigante dormilón, sin que parezcan afectarles ni la falta de espacio ni las estampidas. Los hay que leen con un auricular en la oreja, lo que induce a pensar que son capaces de hacer dos cosas al mismo tiempo. Se suele decir que los perros se parecen a sus amos (o viceversa). A veces los lectores se parecen a los libros que leen, quizá porque, como dijo Jaume Cabré en la presentación de su reflexión La matèria de l'esperit: "Somos lo que leemos y lo que estamos dispuestos a leer" (su editor dijo que se trata de un ensayo que "se lee como una novela", otro tópico peligroso teniendo en cuenta la cantidad de novelas que se leen como si fueran soporíferos ensayos).
Entre los libros vistos en esta encuesta no vinculante observo que los best-sellers tienen una presencia destacada: tres títulos de Dan Brown, uno de Carlos Ruiz Zafón y dos Harry Potter. Si me acerco mucho al lector para identificar el libro, levanto sospechas y me miran como si fuera a) un carterista o b) un viejo verde que se dedica a meter mano al personal. Durante parte del recorrido, la estadística se repite: tres lectores por vagón. Uno de los vagones tiene un gusto admirable: Vicios ancestrales, de Tom Sharpe; El mito de Sísifo, de Albert Camus, y No ficción, de Chuck Palaniuk. Cuando están a punto de pedirme explicaciones por mi acoso visual, disimulo y me sumerjo en las páginas del libro de Carver. La lectura me atrapa tanto que me cuesta regresar a la superficie: "En la verdadera literatura, el significado de una acción se traslada a la vida del lector. En las mejores novelas y en los mejores relatos, los valores se reconocen como tales. La lealtad, el amor, la fortaleza de ánimo, el coraje, la integridad puede que no sean recompensadas, pero se reconocen como buenas acciones o cualidades positivas; las conductas negativas o simplemente estúpidas se perciben como lo que son: conductas negativas o estúpidas".
Afortunadamente, los libros subterráneos no se preocupan tanto de la auténtica literatura como de la auténtica lectura. La concentración con la que una chica lee un libro que no aprobaría el examen de literatura auténtica -La princesa que creía en los cuentos de hadas- es tan necesaria como la lucidez de Carver. Todo suma. Me apeo en Diagonal y recorro un largo pasillo en el que un peruano interpreta We are the world con una flauta andina. A su lado, unos vendedores de ropa pirata permanecen atentos a cualquier movimiento y, desde distancias increíbles, son capaces de advertir la presencia de cualquier autoridad uniformada. Aquí, en esta parte subterránea del mundo, sólo los virus y los pensamientos son invisibles. Los rostros de los lectores tampoco expresan nada. Supongo que, en el futuro, se fabricarán humanos provistos de una pantalla líquida en la frente en la que se podrán leer los pensamientos que producen los libros, las canciones, los paisajes o las resacas. Me subo a un metro muy moderno, en forma de gusano. Puedes cruzarlo desde la cola hasta la cabeza en un largo y serpenteante paseo durante el cual descubro a una lectora de Anna Gavaldà, otra de Pearl S. Buck y otra, misteriosa, que lee un tocho envuelto en un papel de Bazar el Regalo. "En todas partes hay islas de gente lectora", dice Cabré. Tiene razón. Y algunas de estas islas se mueven bajo tierra, como una esperanzadora corriente.

lunes, septiembre 25, 2006

Los problemas de la educación


La ministra de Educación, Mercedes Cabrera, aprovechó ayer su comparecencia en la sesión de control al Gobierno en el Senado para responder en los pasillos a la publicación del informe de la OCDE que sitúa a España a la cola de Europa en gasto educativo. "Los datos son anteriores al curso 2003-2004", explicó la ministra, con lo que el periodo analizado en el estudio queda casi íntegramente en los años de Gobierno del PP.
Además, trató de relativizar los datos afirmando que actualmente la escolarización es universal, mientras que en otros periodos no ha sido así. Cabrera recordó que el gasto aumentó en el curso pasado un 19% y este año se espera que el aumento llegue al 27%. En cualquier caso, quiso "lanzar un mensaje de que prolongar los estudios es bueno para la vida de las personas", en respuesta a los datos que indican un 30% de fracaso escolar. Cabrera consideró que este era uno de los datos más preocupantes del informe.
Ley socialistaLa secretaria ejecutiva de Política Social y Bienestar del Partido Popular, Ana Pastor, aseguró por su parte que "el sistema educativo español, basado en la aplicación de la LOGSE que aprobó el Gobierno socialista [en 1990], ha dado unos malos resultados y ha llevado a España a la cola de todos los países de la UE", según una nota de su partido.
El informe de la OCDE recoge "los resultados de la LOGSE. Nuestra ley no han dejado que se aplique", dijo Pastor, en relación con la Ley de Calidad que aprobó el último Gobierno de Aznar. Pastor, a la vez, lamentó que el Ejecutivo haya aprobado una nueva ley que es la LOGSE "agravada". "El Partido Socialista, no sé si por empecinamiento, ha vuelto a reiterar ese error, un error que cesó a la ministra de Educación al día siguiente de aprobarse la LOE", afirmó.
Por su parte, la Federación de Trabajadores de la Enseñanza (FETE) de UGT y la Confederación de Sindicatos de Trabajadores y Trabajadoras de la Enseñanza STES exigieron mayor inversión en educación frente al fracaso escolar, informa Efe. El secretario general de la Federación de Enseñanza de Comisiones Obreras, José Campos, afirmó que la Ley Orgánica de Educación (LOE) avanza en el camino adecuado para poner remedio a los grandes problemas educativos, informa Servimedia.

Los problemas de la educación




Los expertos exigen más gasto público para frenar el deterioro de la educación en España
Sin un aumento sustancial de los recursos públicos, la educación en España corre el riesgo de deteriorarse aún más de lo diagnosticado por el reciente informe de la OCDE, que sitúa a España a la cabeza del fracaso escolar -con el 30% en la educación obligatoria- y a la cola de la inversión. Ésta es una de las conclusiones de los expertos consultados por EL PAÍS, que coinciden en la necesidad de tomarse en serio el tirón de orejas del organismo internacional y poner énfasis en encauzar la creciente llegada de inmigrantes.
MARIANO F. ENGUITA Catedrático de Sociología"No hay ninguna catástrofe; la cifra del 30% de fracaso escolar es muy alta, sí, pero no es nueva, hace 30 años teníamos el mismo porcentaje, sólo que entonces, además, los chicos salían de las escuelas a los 14 años. Ahora la sociedad es más rica, y nos mantenemos penosamente. Los problemas tienen que ver con la inmigración, aunque no especialmente. Ni siquiera la distribución de los inmigrantes es el gran problema, porque eso sólo ocurre en algunas escuelas, luego hay que verlo centro por centro. Y tampoco el idioma es la causa: hace tiempo que los profesores no se habían encontrado con chicos tan educados respetuosos y con un castellano tan estupendo. Pero no hay que minimizar el problema. Efectivamente hay que distribuir bien a este alumnado entre toda la red educativa, incluidos los centros privados puros, aunque haya que concertarlos". Enguita cree además que se necesita dedicar a los alumnos más tiempo y suavizar el paso de la primaria a la secundaria.
ROSA MARÍA CANO Directora de instituto"El gasto en educación sigue siendo insuficiente. Con los medios que tenemos no podemos atender de forma individualizada a los escolares. Nos faltan otros profesionales en los institutos, como trabajadores sociales, que hagan de puente entre las familias y los centros y reducir el número de alumnos por clase. Los institutos deben tener autonomía para diseñar programas que se ajusten a las necesidades de sus alumnos y poder prestar más atención a la lectura, la comprensión, el razonamiento; dedicamos mucho tiempo a contenidos muy extensos y a veces obsoletos". Rosa María Cano, cree además, que hace falta un reciclaje del profesorado: "Deben actualizar su metodología".
LOLA ABELLÓ Confederación de Padres"Se necesita más inversión, pero también hay que ver dónde y cómo se invierte. Hay que insistir a las comunidades autónomas en que dediquen más recursos a la educación y permitir a los centros que se organicen a su modo, porque están dentro de una población determinada y deben atenderla con las necesidades que requiera. Para el éxito escolar hace falta un compromiso entre profesores alumnos y familias. Creo que se puede lograr porque ahora los padres están más preparados aunque no más movilizados. La distribución del alumnado inmigrante entre todos los centros públicos es necesaria, y apoyar sobre todo a la escuela pública". Lola Abelló confía en que las políticas municipales contribuirán a mejorar la educación.
FERNANDO SAVATER Catedrático de Ética"La educación debe ser una preocupación pública. De la sociedad, por encima de lo que quieran las familias, pero debe contar con la complicidad de todos. Y su importancia no radica en que forma profesionalmente, sino en la formación integral para aprender a ser capaces de convivir. Entre las causas del fracaso, Savater detecta, "cierto desprestigio de la figura de la escuela y la falta de posibilidades para la disciplina. Parece que sólo se espera del profesor que sea un animador cultural. La importancia de la escuela también se está poniendo en entredicho, hay gente que prefiere educar a sus hijos en casa y deben saber que lo importante es asistir a la escuela, es más importante que los contenidos". "Los adultos sabemos que los chicos tienen que educarse pero ellos no lo saben, así que hay que obligarles", añade. Y opina que sería bueno prestigiar la formación profesional. Debe haber un pacto global por la educación, para ponerla a resguardo de los vaivenes electorales. Y debe contar con una financiación respaldada a escala nacional".
JOSÉ MARÍA SALGUERO Orientador de secundaria"Tengo una visión optimista. El fracaso es alarmante, pero es el menor de nuestra historia. Se necesitan recursos, sí; prueba de ello es que los resultados son distintos por comunidades, pero se está trabajando ya en los centros con medidas dan resultados. Llevo 30 años en la enseñanza y por primera vez tenemos alumnos que han optado por programas escolares adaptados a sus necesidades y han saltado con éxito al bachillerato y la Selectividad. Los profesores ya no se preguntan qué hacen estos chicos de 16 años aquí, sino cómo atenderlos". Por último, Salguero dice que "el problema no son los inmigrantes, eso es un mito, los hay de todas clases".
MANUEL DE CASTRO Religiosos de la enseñanza"El fracaso escolar no tiene que ver con los inmigrantes, quizá algunos tienen más problemas con el idioma, pero el fracaso ya viene de antes, desde hace años. Y no se soluciona sólo con inversión, hay que saber en qué se gastan los fondos", dice el presidente de la Federación de Religiosos de la Enseñanza. "Tampoco se corrige haciendo repetir a los alumnos, sino con motivación. Tampoco podemos adaptar el nivel a cada alumno, porque luego quedaríamos en evidencia en las evaluaciones internacionales". Reivindica un pacto nacional que "despolitice la educación".
ISABEL BRINCONES Formadora de profesores"No es posible que un 30% de nuestra población escolar de secundaria tenga problemas de falta de desarrollo cognitivo (sería un serio problema clínico), más bien parece ser una falta de actitudes o aptitudes necesarias para aprender lo que los profesores queremos. El fallo es que los estudiantes llegan a la secundaria con una falta de destrezas, como la comprensión lectora y la resolución de problemas. Parece que en estos momentos es difícil encontrar quien se sienta responsable de enseñar destrezas básicas. Y la falta de valores que se advierte claramente en la sociedad podría estar relacionada con la importante falta de interés por aprender que viene detectándose en los jóvenes. Es preciso dar a los profesores herramientas para mejorar sus condiciones y su actitud hacia la enseñanza". "Quizás la causa más profunda del fracaso es lo poco que creen en la educación la mayor parte de los estamentos de nuestra sociedad".
PATRICIO DE BLAS Consejo Escolar del Estado"El fracaso no es igual en las diferentes comunidades autónomas, ni en las diferentes zonas ni en los distintos centros, ni por asignaturas", explica el presidente en funciones del Consejo Escolar del Estado. "Hay dos polos del problema, los alumnos y los profesores. De los primeros hay que tener en cuenta su procedencia cultural, la economía familiar y su interés por los estudios de sus hijos, así como su propia motivación. Del lado de los profesores, y del conjunto del sistema, hay que ponderar la pertinencia de lo que se exige a los alumnos (tantas asignaturas, programas recargados), la competencia, el convencimiento y la habilidad de los profesores y, por supuesto, los medios que se destinan".


Los problemas de la educación En las fronteras del gueto

Más de 50 centros de Madrid, Valencia, Cataluña y País Vasco, casi todos públicos, tienen más de un 70% de alumnos extranjeros
Una mañana de la primera semana de clase en Madrid. Justo detrás de la estación de tren de Atocha, los escolares, de 6 a 12 años, entran en el colegio público Menéndez Pelayo. El 72% de los alumnos (casi el 90%, según CC OO) procede de otros países. "Eso puede llegar a ser un problema", asegura Dolores Blanco, madre de dos de las alumnas españolas del centro. "Convencida" de que la escuela pública "funciona bien", admite que la concentración de inmigrantes, con la complejidad de realidades educativas y sociales que ello implica, desborda en muchas ocasiones a los docentes. En el mismo barrio, a sólo 200 metros de ese centro, hay "otro mundo", dice Blanco. Es el colegio concertado (privado sostenido con fondos públicos) Salesianos de Atocha. Allí, sólo el 10% del alumnado es extranjero.
Más de medio centenar de centros de primaria (de 6 a 12 años) de Madrid, Valencia, Cataluña y País Vasco tiene un porcentaje de alumnado extranjero superior al 70%, prácticamente todos centros públicos. 26 de ellos están en la ciudad de Madrid, al menos 12 entre Valencia, Alicante y Castellón, otros 11 en Cataluña (principalmente en Barcelona y Girona) y dos más en Vitoria. Los expertos coinciden en que la presencia en las aulas de escolares inmigrantes no representa una dificultad para el sistema por sí misma; sin embargo, sí resulta un problema cuando se produce una excesiva concentración.
La pública está asumiendo la educación de los chicos y chicas con más dificultades, entre los que se encuentran, en muchos casos, los inmigrantes. "Los circuitos escolares jerarquizados, con centros de primera y de segunda, se generalizaron en los años noventa en Nueva Zelanda o Reino Unido, y en España está empezando a ocurrir", aseguraba este verano en un curso de la Complutense el secretario general de Educación, Alejandro Tiana, para explicar la necesidad de escolarizar equitativamente a los alumnos con más dificultades. La escuela pública española acoge al 67,5% del alumnado de enseñanzas no universitarias (infantil, primaria, secundaria, bachillerato y FP), pero escolariza al 79% de los colegiales de otras nacionalidades. Dos de cada cinco alumnos extranjeros están en primaria.
En la ciudad de Madrid, donde se concentra la mayor parte de la escuela concertada de la comunidad, ésta acoge el 53% de los escolares y el 32% de extranjeros. De los 26 colegios con más del 70% de inmigrantes -la mayoría en los barrios de Centro, Ciudad Lineal y Carabanchel- sólo siete son concertados. El pago de diferentes actividades extraescolares o del uniforme es una barrera económica para que muchos de ellos accedan a la concertada. Además, "las administraciones permiten a la concertada no reservar plazas durante el curso para alumnos con necesidades educativas especiales porque tienen mucha demanda. Así, cuando los chicos extranjeros llegan a mitad de curso -la mayoría de ellos- se les envía a la pública", asegura Paco García, responsable de la Federación de Enseñanza de CC OO en Madrid.
Uno de los grandes problemas que representa esta situación es que, en ocasiones, sale perjudicada la imagen de la escuela pública -aunque la inmigración no tenga por qué significar que baje el nivel educativo-, por lo que muchos padres españoles optan por llevar a sus hijos a colegios subvencionados. Según un estudio de CC OO, en los últimos años la escuela pública madrileña ha perdido a un 8% del alumnado español en favor de la concertada.
Aunque ni la ausencia de extranjeros es sinónimo de calidad, ni la concertada garantía de gran nivel educativo, los docentes convienen una y otra vez en que la concentración excesiva de inmigrantes en el aula exige más medios. La principal dificultad de los profesores que soportan estos porcentajes es, aparte del idioma, la diversidad de conocimientos y destrezas que traen estos chicos, explica la directora del colegio Menéndez Pelayo. "Tenemos que revisar la programación de contenidos cada 15 días", asegura.
"El hecho de que cada niño proceda de una cultura, muchos de ellos sin haber pisado una escuela -sobre todo, africanos- dificulta un poquito más el aprendizaje", explica Adela Mas, directora del colegio público Profesor Bartolomé Cosío, de Valencia, con un 75% de matrícula extranjera. "No es lo mismo un ruso o un ucraniano que ya ha ido al cole hasta los 6 o 9 años, que un niño de Senegal que se ha criado en cabañas y no soporta llevar zapatos". Pero la inmigración, asegura Más, "ha salvado al centro", enclavado en un barrio típicamente obrero nacido hace dos décadas de la inmigración nacional que estaba en declive. "Gracias a la matrícula inmigrante y a los proyectos educativos de enseñanza compensatoria el centro tiene más recursos, un profesor más para el Programa de Acompañamiento de Inmigrantes, un psicólogo y un aula nueva de tecnología con 17 ordenadores", explica.
Según fuentes del Consell Escolar Valenciano, la inspección educativa y de Luis García Trapiello, dirigente de la federación de enseñanza de CC OO, "en las grandes capitales, en cada distrito de clase media y obrera la Administración tiene su colegio de inmigrantes", donde envían a lo largo del curso a los niños extranjeros que van llegando. El curso pasado, el 86% de los alumnos extranjeros en la Comunidad Valenciana estaba en colegios públicos.
En Cataluña, 11 escuelas públicas tienen el 70% o más de extranjeros en las aulas. Si se incluyen los institutos, el número aumenta hasta 13. La mayor parte están en algunos barrios de Barcelona, como el Raval o Sants, en la zona central de Cataluña y en Girona, en particular en la localidad de Salt, pegada a la capital. Un ejemplo paradigmático de concentración de inmigrantes y a la vez de buen funcionamiento del centro es el instituto Joan Corominas, en el barrio barcelonés de Sants. La tasa de inmigrantes ronda en este centro el 65%, dice su director, Javier Marsá. "Aquí hay matriculados, por ejemplo, 40 alumnos chinos. La mayoría son brillantes. Han llegado hace un año y sacan 10 en matemáticas. Pienso que el nivel educativo no baja porque haya más o menos inmigrantes, sino porque hay
una cultura de bajo nivel de esfuerzo en el país. Los niños o jóvenes no la ven en la calle como un valor", dice Marsá.

Las familias que escolarizan a sus hijos en el hogar piden acceso a los exámenes de ESO
"Los niños crecen muy rápidamente y no puede ser que estén más tiempo con otras personas que con los padres". Así explica Esther Pérez por qué decidió hace un año educar a sus cuatro hijos de tres meses, 2 , 9 y 12 años en casa. "Así disfruto de ellos".
El mismo ejemplo lo secundan Montse Mora y su compañero, que tienen tres hijos de 12, 9 y 8 años. Los cinco viven en Capellades, un pequeño pueblo de la provincia de Barcelona. "No me gusta el funcionamiento de las escuelas, porque los alumnos compiten entre ellos", señala.
Mora considera que, desde que sus hijos no van al colegio, aprenden más y "están más motivados". "Por la mañana hacemos clase hasta las 12, luego preparamos juntos la comida y por la tarde los niños juegan o hacemos excursiones". Eso sí, Mora admite que "se tiene que renunciar a privilegios materiales". "Por suerte, podemos compaginar el empleo y la vida familiar al trabajar en casa", precisa.
Una quincena de familias que escolarizan a sus hijos en casa, y que se agrupan en la Asociación para la Libre Educación, se concentraron ayer en la plaza de Sant Jaume de Barcelona, frente a la sede de la Generalitat. Su reivindicación: que las administraciones reconozcan su opción. "Es una situación alegal, no está prohibida pero no está tampoco aceptada", explica Josep Boada, padre de 15 hijos. No hay datos oficiales de cuántas familias educan a sus hijos en casa. La asociación calcula que en España rondan el millar.
Boada pide a las autoridades educativas que los alumnos que no van a la escuela tengan la posibilidad de hacer un examen a los 16 años para obtener el título de graduado en ESO. Hoy estos jóvenes no pueden disponer de ninguna titulación hasta los 18 años, y tienen que seguir los mismos pasos que los adultos que se examinan del graduado escolar. Según Boada, ello significa "retrasar dos años" su acceso al bachillerato y a la universidad.
Cada familia sigue su método para educar a los hijos. "En mi caso, la clase de Lengua consiste en escribir una carta al periódico, y la de Sociales en visitar el pleno del Ayuntamiento", explica Anna Ferrer.
"Buscamos una vida lo más natural posible tanto en la educación de los niños como en la lactancia y en el parto", explican Marta Cisneros y Jaume Pous. "La escuela es la vida, y se aprovecha cualquier momento para que los niños aprendan: haciendo la compra o trabajando en el huerto". Buena parte de los que secundan esta opción viven en el campo. En la mayoría de familias, uno de los dos progenitores no trabaja y se dedica exclusivamente a educar a los pequeños.
El Departamento de Educación de la Generalitat recuerda que la escolarización es obligatoria hasta los 16 años. Si uno de sus inspectores detecta un caso de escolarización en casa, visita a la familia para comprobar que los niños estén bien tratados y que no sea un caso de absentismo escolar consentido. La Administración considera estos casos son minoritarios y, en principio, no obliga a los padres a llevar a los hijos a centros reconocidos.












Si aún existiera La clave, el programador lo tendría muy fácil para encontrar una película que arropara inmejorablemente un debate sobre la Gran Depresión de los años treinta: Las uvas de la ira, de John Ford. No es fácil que haya otro filme que refleje con más fuerza, delicadeza y lirismo el mayor trauma colectivo de la sociedad norteamericana de entreguerras.
La primera vez que vi esta película entré al cine con toda clase de recelos. No sé a qué ilustre crítico norteamericano le había leído un comentario bastante displicente. Al salir, pensé que quizá aquel hombre la había visto con un terrible dolor de muelas. Las uvas de la ira es una de las más grandes de uno de los más grandes. La impresionante filmografía de John Ford contiene, al menos, media docena de películas de oro y, desde luego, ésta es una de ellas.
El guión, de Nunnally Johnson, procede de la célebre novela homónima de John Steinbeck. Es la crónica del infierno sufrido por una familia de Oklahoma que ve cómo es expulsada de su hogar y de sus tierras y emprende un viaje hacia California con la esperanza de encontrar una vida mejor. John Ford no dudó en aceptar el encargo. La película le permitía retratar a una familia de gente sencilla y derrotada sometida a pruebas extremas. Eso era algo que le chiflaba.
Más que poética o nostálgica, Las uvas de la ira es una película emocionante y melancólica. Eso sí, la emoción y la melancolía son de primera clase. La mirada de Ford registra cómo se rompen los sueños de estos pobres diablos pero lo hace sin tropezar nunca con el sentimentalismo barato o la cursilería. Y, como melodrama social, resulta soberbio en su equilibrio: John Ford captura el espíritu de una época y denuncia una horrible situación socioeconómica pero elude cualquier tipo de regodeo demagógico. Si yo fuera un director con inquietudes sociales, antes de mover un solo dedo, por puro respeto, me aprendería de memoria Las uvas de la ira.
Es muy probable que la novela de John Steinbeck haya envejecido peor que la película. John Ford posee algo que explica por qué su cine resiste tan bien el paso del tiempo: es ese dominio antienfático del lenguaje del cine, esa sublime ligereza. Como dice de él José María Latorre, no se puede ser más claro ni más moderno. A veces, para justificar la sabiduría narrativa de Ford, se alude a las decenas de películas que pudo rodar antes de comenzar a dirigir obras maestras. Pero si eso fuera cierto, John Ford no sería único. Si el talento se pudiera aprender habría miles de personas que escribirían como Raymond Chandler, actuarían como Cary Grant, pintarían como Goya o jugarían al fútbol como Diego Armando Maradona. John Ford era un genio por lo que lo son la mayoría de los genios: porque hace parecer fácil lo que para el resto resulta imposible.

domingo, septiembre 10, 2006

ANTONIO MACHADO


Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.
Nunca persequí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.
Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse...
Nunca perseguí la gloria.
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...
Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."
Golpe a golpe, verso a verso...
Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."
Golpe a golpe, verso a verso...
Cuando el jilguero no puede cantar.
Cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar...
" Golpe a golpe, verso a verso.
Yo voy soñando caminos de la tarde.
¡Las colinas doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando,
viajero a lo largo del sendero... -
La tarde cayendo está-.
"En el corazón tenía la espina de una pasión;
logré arrancármela un día;
ya no siento el corazón."
Y todo el campo un momento se queda, mudo y sombrío, meditando.
Suena el viento en los álamos del río.
La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir;
"Aguda espina dorada,
quién te pudiera sentir en el corazón clavada.
Dijo una voz popular:
Quién me presta una escalera
para subir al madero
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?
Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos
siempre con sangre en las manos
siempre por desenclavar.
Cantar del pueblo andaluz
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz.
Cantar de la tierra mía
que echa flores
al Jesús de la agonía
y es la fe de mis mayores
!Oh, no eres tú mi cantar
no puedo cantar, ni quiero
a este Jesús del madero
sino al que anduvo en la mar!.
He andado muchos caminos
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares
y atracado en cien riberas.
En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra.
Y pedantones al paño
que miran, callan y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas.
Mala gente que camina
y va apestando la tierra...
Y en todas partes e visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran sus cuatro palmos de tierra.
Nunca, si llegan a un sitio
preguntan a donde llegan.
Cuando caminan,
cabalgan a lomos de mula vieja.
Y no conocen la prisa ni aun en los días de fiesta
. Donde hay vino, beben vino,
donde no hay vino, agua fresca.

viernes, julio 28, 2006


Nace un mito



Soy malo, hace tiempo que lo sé". Lo confiesa Cal Trask (James Dean) ante la Biblia cuando su padre le obliga a leer unos versículos en las primeras escenas de la película. Una maldad que a medida que avanza la historia se descubre que no es tal y que esconde detrás de sus actos de rebeldía una exquisita sensibilidad.
James Dean (1931-1955) humaniza a su personaje en Al este del Edén hasta tal punto que hace que el espectador comparta su angustia a lo largo de la narración. Su interpretación, en su primer papel protagonista, fue completa, y a partir de esas imágenes Dean quedaría como uno de los mayores mitos de la historia cinematográfica, cualidad que más tarde se vería revalidada en Rebelde sin causa y Gigante.
Su lenguaje corporal transmite una fuerza arrolladora que le permite mostrar al espectador sus sentimientos y la zozobra interior que padece. Se muestra como un personaje extraño, de profunda melancolía y con un poder misterioso en su mirada.
El escritor John Steinbeck, premio Nobel de Literatura en 1962, describió en su obra literaria la eterna lucha de las gentes que dependen de la tierra para sobrevivir en las situaciones más adversas. Cuando el director Elia Kazan quiso adaptar la novela de Steinbeck al cine, al parecer sólo se fijó en las 70 últimas páginas del libro, para mostrar el conflicto entre dos hermanos por ganarse el afecto de su padre. La supuesta rivalidad entre ambos es falsa y en el fondo los dos sienten admiración y un profundo cariño. La película viene a demostrar que en el hombre existe bondad, a pesar de las engañosas apariencias.
Elia Kazan refleja en Al este del Edén el asfixiante mundo que padece la familia Trask, en el que Adam, un hombre de costumbres estrictas y severas, intenta educar en el recto camino a sus hijos Aron y Cal, tras haber sido abandonado por su mujer. Nadie de la familia se atreve a pronunciar el nombre de ella. Aron es trabajador, obediente y cumplidor. Cal, inquieto y siempre insatisfecho, y no está dispuesto a soportar el silencio que rodea la vida de su madre. Él cree, y secretamente su padre, que ha heredado el carácter rebelde de su madre y ahí radica la tensa relación entre padre e hijo. Un día, Cal se siente extrañamente atraído por Cathy Adams, una misteriosa mujer que regenta el burdel más célebre de la región. A partir de ese instante, la maldición caerá sobre Cal.
Kazan eligió a James Dean por su similitud con el personaje: introvertido, tosco, melancólico y apasionado. Fue su gran valedor ante la Warner, y su interpretación impresionó tanto al público como a la Academia, que le propuso para el Oscar, galardón que ese año se llevó Ernest Borgnine por su fantástica interpretación en Marty.
El protagonista de Al este del Edén no acudió al estreno de la película. Sí se encontraban en la sala de proyección Marilyn Monroe y Marlene Dietrich, que trabajaron en esa ocasión como acomodadoras. Días después, Dean vio su película pasando inadvertido en las filas del cine, como un espectador más. Su fulgurante carrera y su corta vida finalizaron a los 24 años en un accidente de automóvil. Su rostro eternamente joven permanece en los espectadores como un icono de la cultura del siglo XX.





















Si busca felicidad, váyase a vivir a Dinamarca Un estudio afirma que el país más feliz del mundo es Dinamarca mientras que, en el otro extremo, el más infeliz es Burundi


El país más feliz del mundo es Dinamarca, y en el otro extremo, el más infeliz es Burundi, en África, según afirmó el científico británico Adrian White, quién es un psicólogo analítico social de la Universidad de Leicester, en Inglaterra. El documento que emite estos resultados se basó en el análisis de 178 países y 100 estudios solicitados por las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud.
"Estamos buscando más bien si se está satisfecho con la vida en general, si las personas están satisfechas con su situación y el ambiente en general" dijo White en una entrevista. Según el investigador, los factores que afectan la medición de la felicidad son la salud, la riqueza y la educación, con lo que ha generado el primer mapa mundial de la felicidad.
Después de Dinamarca sigue Suiza, Austria, Islandia y las Bahamas en los primeros cinco puestos. Al final de la lista está la República Democrática de El Congo, Zimbawe y Burundi. Los Estados Unidos están en el lugar 23, Inglaterra en el 41, Alemania en el 35, España en el 46 y Francia en el 62. Los países que están en conflicto como Irak no se incluyeron en el estudio.
"Los países más pequeños tienen una tendencia a ser más felices por que hay un sentido de colectividad más fuerte y además están las cualidades estéticas de un país", dijo White. "Estamos sorprendidos al ver que los países asiáticos aparecieron en niveles tan bajos, como China en el lugar 82, Japón en el 90 e India en el 125. Estos países se cree que tienen un mayor sentido de identidad colectiva, lo que otros investigadores han asociado con bienestar", añadió el investigador.
White admitió que la recolección de datos sobre el bienestar no es una ciencia exácta pero dijo que las mediciones usadas son muy confiables al momento de predecir resultados con base en sistemas de salud y bienestar.
Otros estudios desarrollados por académicos de todo el mundo que usen los mismos instrumentos de evaluación podrían ayudar a entender mejor los factores que influyen en la felicidad. White afirmó que espera que cada país realice investigaciones bi-anuales.

El país más feliz y ecológico es una isla del Pacífico Una organización británica publica una lista de naciones basada en la relación entre buena vida de los ciudadanos y respeto a la naturaleza


“Estamos acostumbrados a comparar países en términos comerciales o de riqueza bruta. Algunas naciones se ganan una reputación por su música, logros deportivos, gastronomía o valor turístico. Este informe presenta un modo de medición basado en algo más importante: el éxito o fracaso de los países a la hora de proporcionar una buena vida a sus ciudadanos al tiempo que respeta los recursos naturales limitados de los que depende”. Ésa es la base del Índice del Planeta Feliz, desarrollado por la organización británica New Economics Foundation, y que presenta unos resultados bastante llamativos: el mejor país para vivir es una pequeña isla del Pacífico Sur, Vanuatu. España ocupa el puesto 85º. El Índice del Planeta Feliz se basa en una sencilla fórmula no matemática: bienestar por esperanza de vida, dividido entre impacto ecológico. El resultado: Vanuatu lidera de la lista (7,4 x 68,6 /1,1 = 68,2), seguido de Colombia (7,2 x 72,4 / 1,3 = 67,2) y Costa Rica (7,5 x 78,2 / 2,1 = 66). En los puestos de cola, Zimbabwe (3,3 x 36,9 / 1,0 = 16,6), Swazilandia (4,2 x 32,5 / 1,1 = 18,4) y Burundi (3,0 x 43,6 / 0,7 = 19). Estados Unidos ocupa el lugar 150º; Portugal, el 136º y Francia el 129º.
Por áreas geográficas, entre los países occidentales gana Malta (53,3), seguida por Austria (48,8) e Islandia (48,4). Estados Unidos es el peor clasificado (28,8). En África, el mejor es Túnez (58,9), seguido de Santo Tomé y Príncipe (57,9), las Seychelles (56,1), Yemen (55) y Marruecos (54,4). En Asia, Vietnam (61,2), Bhután (61,1) y Sri Lanka (60,3). En Centroamérica y Suramérica, Colombia (67,2), Costa Rica (66) y Panamá (63,5). En el Caribe y el Pacífico Sur, por detrás de Vanuatu aparecen República Dominicana (64,4) y Cuba (61,9).
“El Índice del Planeta Feliz desnuda la economía hasta su concepto más básico: lo que usamos (recursos) y lo que obtenemos (vidas humanas más o menos largas, más o menos felices”, asegura la organización británica, que ha realizado este informe en cooperación con el grupo del mismo país Amigos de la Tierra.
“El orden en el que aparecen los países puede que contradiga la intuición, pero eso se debe a que los políticos se han perdido al dejarse guiar por modelo matemáticos abstractos de una economía que tiene poco que ver con el mundo real”, ha declarado uno de los directivos de la organización, Andrew Simms, a la agencia de noticias Reuters.